The Pope and Fidel Castro 2015 Alice Walker AliceWalkersGarden.org

Imagine

©2015 by Alice Walker

We can only imagine
What these two-
Francis and Fidel-
Really had to say
To each other.
The Pope wondering
Who really is the Holy Father here,
Since everything he’s
Preaching as holy
Fidel has already
Fulfilled.
Fidel
Seeing humor
In the Argentine’s unmistakable
Italian roots
And thinking pointedly
But not saying
Politely,
Like the good Jesuit
And Revolutionary he is:
My people have suffered
Long enough:
Don’t mess this up.
God, it took you forever
To get to be Pope,
I imagine him saying
Aloud.
You know it did!
Francis might reply.
And you know
Exactly why:
That place I work at is a den
Of murderers and thieves.
And if their stuff hadn’t
Hit the fan:
Evidence of
Priests impregnating
Captive Indigenous teens
In the past
And buggering white altar boys
In the present;
And folks starting to notice
The amount of stolen gold
And property
We have (enough to house, feed and clothe
Pretty much every poor person on the planet)
They would never
Have put me out here.
Climate Change
Or no Climate Change.
I know, says Fidel.
They’re clever that way.
I used to wonder how you
Stood it: sitting at the back
All those years
While they ruled
The world from every
Parliament and throne.
Horrifically, too,
We can add.
And what about that apology business
That’s always trotted out?
They’re guilty of the torture and murder
Of Earth and Her Peoples all over the place.
De Las Casas, for one, has told us
Some of the worst of it.
And now they want to get away
With an apology!
Some don’t even want to do that, says Francis.
If the violated and exploited
Took back their stolen lands and goods
From your fellow churchmen
And brutally drove them out of house
And home, after killing their parents
And enslaving their children,
Would they be satisfied with an apology?
Oh, it’s been a challenge, all right.
I can testify to that, says Francis,
Waving aside a camera.
And a personal one, for me:
It’s no fun
Especially as you age,
To recognize your role
As a Conquistador
Of Spirit.
A conqueror
Of the people’s very spirits and souls!
The very definition of “devil”
I sometimes think.
When folks bow to me
I want to shout at them: bowing
To your masters
Is what you were forced to do in the first place:
Straighten up!
And how bizarre that they want me to kiss their babies!

That is chilling, says Fidel.  It isn’t as if our people
Are ignorant of witch burnings
And the Inquisition. Even if they haven’t studied
Reservations in El Norte and
Indian boarding schools.
But cheer up. Who could have imagined
What the world is really like
When we were children?
We’re old now, but in spite of all we learned,
So much of it dreadful and scary, even
Petrifying,
We gave Life
Our best shot.
Perfection will have
To wait for the next incarnation.
And I mean of the world, not just us.

Read more at http://indiancountrytodaymedianetwork.com/2011/07/28/south-dakota-boarding-school-survivors-detail-sexual-abuse-42420

IMAGINA

©2015 by Alice Walker

Solo podemos imaginar
lo que estos dos –
Francisco y Fidel –
en verdad tenían que
decirse uno al otro.
El Papa preguntándose
quién es realmente el Santo Padre aquí,
ya que todo lo que él
anda predicando como sagrado
Fidel ya lo ha
logrado.
Fidel
hallando humor
en las indudables raíces italianas
del argentino
y pensando mordazmente
pero callando
cortésmente,
como el buen jesuita
y revolucionario que es:
Mi pueblo ha sufrido
largo tiempo:
No arruines esto.
Dios, te llevó una eternidad
llegar a ser Papa,
lo imagino decir
en voz alta.
¡Sabes que así fue!
respondería Francisco.
Y tú sabes
exactamente por qué:
donde trabajo es una guarida
de criminales y ladrones.
Y si sus líos no hubiesen
salido a la luz:
pruebas de
sacerdotes que preñaban
jóvenes indígenas cautivas
en el pasado
y sodomizan monaguillos blancos
en el presente;
y gente que empieza a notar
el monto de oro y
propiedades robados
que poseemos (bastante para dar casa, alimentar y vestir
a casi todos los pobres del planeta),
jamás me hubieran
puesto aquí.
Con cambio climático
o sin cambio climático.
Lo sé, dice Fidel.
Ellos son así de listos.
Me preguntaba cómo tú
lo soportabas: sentado al fondo
todos estos años
mientras ellos gobernaban
el mundo desde cada
parlamento y cada trono.
Horrorosamente, también,
podemos agregar.
Y ¿qué sobre el asunto de las disculpas
con que siempre salen?
Son culpables de la tortura y la muerte
de la Tierra y sus gentes en todas partes.
Las Casas, por lo pronto, nos ha contado
algo de lo peor.
¡Y ahora quieren librarse
con una disculpa!
Algunos ni eso quieren hacer, dice Francisco.
Si los violados y explotados
recobraran las tierras y bienes que les robaron
de manos de tus compañeros clérigos
y los sacaran brutalmente de sus casas
y hogares tras matar a sus padres
y esclavizar a sus hijos,
¿estarían satisfechos ellos con una disculpa?
Oh, ha sido un desafío, está bien.
Puedo testificar eso, dice Francisco,
apartando una cámara.
Y una personal para mí:
No es divertido
en especial cuando envejeces,
reconocer tu papel
de conquistador
del Espíritu.
¡Un conquistador
de los mismos espíritus y almas de la gente!
La propia definición de “diablo”
pienso a veces.
Cuando la gente se inclina ante mí
quiero gritarles: inclinarse
ante sus dueños es lo primero que los obligaron a hacer:
¡Pónganse en pie!
¡Y qué extraño que quieran que bese sus niños!
Es escalofriante, dice Fidel. Es como si nuestra gente
fuera ignorante de la quema de brujas
y de la Inquisición. Aun si no han estudiado
de las Reservas del Norte y
los internados para indios.
Pero anímate. ¿Quién podría haber imaginado
cómo es realmente el mundo
cuando éramos niños?
Somos viejos ahora, a pesar de todo lo que aprendimos,
buena parte espantoso y atemorizador,
incluso aterrorizante,
le dimos a la Vida
lo mejor que pudimos.
La perfección tendrá
que esperar a la próxima encarnación.
Quiero decir del mundo, no solo de nosotros.

 

 

Artículo traducido al español aquí (website)

SOBREVIVIENTES DEL INTERNADO DE DAKOTA DEL SUR DESCRIBEN EN DETALLE ABUSO SEXUAL

Stephanie Woodard

7/28/11

La expresión en lengua dakota para niño “wakan injan” se puede traducir como “ellos también son sagrados”, de acuerdo con Glenn Drapeau, del grupo dakota ihanktonwan y miembro de la Sociedad Soldado Alce en la reserva siux de Yankton, Dakota del Sur. “Para nosotros, los niños son tan puros como la sagrada energía en movimiento del universo”, dice, “y los tratamos de esa forma”.

Cuando los niños indígenas llegaron a la Misión Holy Rosary (Sagrado Rosario), fundada en 1888 en Pine Ridge para ayudar a la conversión religiosa de los lakota oglala, las monjas del claustro de la escuela los describieron como poseedores de buenas “conductas” y que daban “un décimo de los problemas que causaban los niños blancos”, escribió Raymond A. Bucko en Lakotas, Black Robes and Holy Women (Lakotas, vestiduras negras y santas mujeres), Editora de la Universidad de Nebraska, 2000. Sin embargo el castigo corporal se infligía ordinariamente en Holy Rosary –“en apariencia sin escrúpulos”, según Bucko– y un objetivo fundamental de la escuela era alejar a los niños de sus padres, su lengua y su cultura.

Por toda la nación, tanto en las escuelas laicas como en las administradas por la iglesia, que el gobierno federal exigía a los niños indígenas que asistieran entre fines de 1800 hasta los 70 del siglo XX, el objetivo era la asimilación –“maten al indio para salvar al hombre”, era la consigna – al parecer a cualquier precio.

Documentos judiciales presentados durante varios años pasados en juicios contra las escuelas internado de Dakota del Sur alegan que en años tan recientes como los 70s, los alumnos indígenas eran golpeados, azotados, zarandeados, quemados, lanzados por las escaleras, puestos en posturas estresantes y privados de alimentos. Sus cabezas eran golpeadas contra las paredes y se les obligaba a estar desnudos ante sus compañeros.

Incalculables niños murieron a lo largo del siglo en que florecieron las escuelas internado: unos durante su viaje hacia las escuelas o en las escuelas mismas y otros por frío o hambre mientras intentaban escapar, de acuerdo con varias fuentes, incluyendo el Boarding School Healing Project (Proyecto de Sanación de las Escuelas Internado)  [www.boardingschoolhealingproject.org/].

Los padres indígenas que fueron obligados a partir con sus hijos llegaron a comprender que nunca más volvería a ver a sus hijos y, de hacerlo, los hijos se habían convertido en extraños para su propia gente.

Como una medida de recortar los costos, el gobierno federal finalmente entregó buena parte del sistema de escuelas internado a las iglesias, principalmente a la Iglesia Católica, la cual lo empleó para extender su supremacía por todo el oeste. Iglesias, abadías, conventos y monasterios se construyeron en las reservas o cerca de ellas, sí como que se fundaron y florecieron las órdenes religiosas.

Recientes convenios judiciales revelan que la educación que ofrecía la iglesia a los niños aborígenes implicaba no solo castigos corporales crueles sino también desenfrenados abusos sexuales. Unos 400 estudiantes indígenas en el noroeste y en Alaska últimamente participaron de un arreglo por 1.6 millones con los Jesuitas de la provincia de Oregón por los abusos sufridos en escuelas de esa región. Canadá ha anulado un acuerdo por 1.9 mil millones en pago a los sobrevivientes de sus escuelas internado; más de 20 000 ex-alumnos han presentado quejas.

En Dakota del Sur, más de 100 ex-alumnos de la media docena de las llamadas Misiones Indias del estado han demandado a la Diócesis Católica de Sioux Falls y Rapid City desde 2003. También han hecho reclamaciones contra las órdenes religiosas que administraban las escuelas misioneras y la abadía de Blue Cloud, en Marvin, Dakota del Sur, que suministraban sacerdotes y es el lugar de descanso de varios supuestos violadores. Ellos denuncian que los sacerdotes, hermanos religiosos, monjas y empleados laicos en estas instituciones violaban, sodomizaban y abusaban de ellos, regularmente por años. Documentos judiciales, incluido el testimonio y los archivos de la iglesia presentados durante las fases iniciales de los juicios, contienen acusaciones de insólitos, violentos y humillantes abusos sexuales, junto con el horrible maltrato físico descrito anteriormente.

En 2010, los legisladores de Dakota del Sur debatieron acerca de las dificultades de la iglesia para defenderse contra tantas acusaciones y aprobaron una ley –escrita por un abogado de la iglesia y presentada como un “proyecto de ley constituyente” – impidiendo que nadie mayor de 40 años demandara a una institución, tal como la Iglesia Católica, por abuso sexual, aunque pudieran aun así acusar a perpetradores individuales. (La ley de Dakota del Sur sobre limitaciones por abuso físico hace tiempo ha caducado para los antiguos estudiantes.) Como virtualmente todos los demandantes nativos pasan de 40 años y algunos de los presuntos perpetradores están muertos, muchos observadores, incluyendo a Robert Brancato,  director del capítulo de Survivors Network for Those Abused by Priests (Red de Sobrevivientes para las Víctimas de Sacerdotes) para Dakota del Sur, han acusado a la asamblea legislativa de enfocarse en los casos de los aborígenes. “La ley ha sido diseñada tanto para dificultar las cosas para los indígenas norteamericanos como para ayudar a la Iglesia”, dice Brancato. En marzo de 2011, un juez aplicó la ley para desestimar 18 de los casos de escuelas internado de Dakota del Sur. Los demandantes en esos casos han presentado apelaciones a la Corte Suprema del estado.

Mary Jane, Patricia y Howard Wanna.

Miembros de la familia Wanna — de izquierda a derecha, Mary Jane, Patricia y Howard — mostrados en los terrenos de lo que solía ser el orfanato Tekakwitha, al que asistieron de niños.

Debajo, antiguos estudiantes recuerdan sus experiencias.

Howard Wanna, 60 años, es miembro registrado de los Sisseton Wahpeton Oyate, cuyo territorio se extiende entre Dakota del Norte y del Sur. Padece de cáncer de pulmón terminal y hace poco ha celebrado lo que los doctores le dicen será su último cumpleaños.

Wanna y varios hermanos ingresaron en el orfanato Tekakwitha en Sisseton, Dakota del Sur alrededor de 1956. A pesar del nombre de la institución, había pocos huérfanos entre los aproximadamente 150 niños indoamericanos albergados allí de una vez. Algunos habían sido separados de sus padres por razones que no estaban del todo claras; otros, como los niños Wanna, fueron llevados allí por desesperados padres en la pobreza que creían que los sacerdotes y las monjas que ellos reverenciaban podían cuidar y educar a sus descendientes.

Cuando Wanna vivió en Tekakwitha, el complejo de madera parecido a una finca incluía una iglesia al estilo de las misiones del sudoeste; el Hogar de los Niños indoamericanos, una guardería para niños desde recién nacidos hasta los cinco años de edad; dormitorios para niños y niñas desde los seis años hasta la adolescencia, con monjas y sacerdotes que vivían en los altos; y una casa independiente para el sacerdote encargado, John Pohlen.

He aquí la historia de Wanna:

“Al llegar a Tekakwitha a la edad de cuatro o cinco años, las monjas y sacerdotes parecían cordiales, como si quisieran que yo pensara en el lugar como un hogar. Este carácter amistoso duró por varias semanas. Luego un día, el padre Pohlen vino al Hogar de los Niños indios, donde yo vivía, y me cogió de la mano. Me llevó hasta la iglesia, donde se encaminó detrás del altar hasta una pequeña habitación que no tenía dentro más que una silla.

“El padre Pohlen me hizo sentar, se desabrochó los pantalones, se sacó el pene y comenzó a restregarlo par mi cara y mis labios. Yo estaba aterrorizado. No sabía lo que estaba sucediendo. En ocasiones posteriores, a veces detrás del altar, a veces en su casa, de repente me estaba asfixiando y algo me corría por la boca. También me daba vuelta y me violaba, me hacía mucho daño ya que usaba sus manos para agarrar mi pelo, mi cuello o los hombros.

“Él nos turnaba entre unos cinco de los niños más pequeños, lo que me dejaba con emociones muy confusas. En los días que no me tocaba, me sentía muy agradecido, sin embargo, me sentía horriblemente porque uno de mis pequeños amigos estuviera sufriendo. También le temía al hecho de que mi día estuviese llegando. Lo peor de todo, no tenía a quien acudir, ni incluso a Dios, porque el representante de Dios en la tierra era el que me hacia daño.

“Pronto una monja comenzó a abusar de mí también, me colocaba debajo de su vestido y frotaba mis pequeñas manos por sus piernas. Esto era algo que las monjas les hacían también a otros niños allí. Era horripilante, no solo por lo que estaba haciendo sino porque era oscuro y no podía respirar. Otros abusos incluían golpizas con palos, mangueras e incluso con una pala de metal.

“La crueldad resultaba raramente inventiva. A la hora del baño, nos ponían en fila, una hilera de niñas desnudas y una hilera de varones desnudos, lo que para empezar resultaba vergonzoso. Por turnos, saltábamos dentro de una tina de lavar y nos restregaban –frotar, frotar, frotar – con un duro cepillo que se usaba para el piso. Luego salíamos de la tina con rasponazos por todo el cuerpo.

“Una vez, después que intenté escapar, tuve que ponerme un vestido por un tiempo y cuando salíamos fuera me ataban a un árbol.

“Tekakwitha era un lugar muy silencioso. Uno pensaría que con tantos niños habría bulla y risas. Pero muchos de nosotros éramos maltratados y simplemente no hablábamos. Estábamos demasiado asustados. Era como una película de horror en que la gente camina al lado de los otros pero no pueden comunicarse.

“Cuado pasaron los años, el abuso hacia mí disminuyó, probablemente porque ya no era un pequeño juguete bonito, pero también porque me volví más franco. Recuerdo que me decían que era un idiota listo. Cuando tenía 8 o 9 años –no teníamos sentido del tiempo, porque en Tekakwitha no había indicadores, como las fiestas de cumpleaños – mi madre se olió algo de lo que sucedía y vino y echó pestes y montó en cólera. Escuché que le dijeron algo como “Llévese a sus péquennos bastardos”, y nos marchamos.

“Mi adultez fue una lucha endemoniada. Pero me enfrenté a mis fracasos y obstáculos, fui a la universidad y me hice propietario de un restaurante y una compañía constructora.

“(Creo) que la Iglesia originó los problemas de alcoholismo y otros que experimentan los antiguos alumnos. En consecuencia, la tribu debe auspiciar programas para la dependencia a los productos químicos, la prevención del suicidio, el manejo de la ira y muchos otros, lo cual es una enorme carga económica. En Sisseton Wahpeton, hace poco hemos tenido tres suicidios, todos de jóvenes en sus veinte y esto sucede con frecuencia. ¿Por qué? Es el resultado del modo en que nosotros, los viejos, fuimos tratados de niños, una consecuencia que sigue por generaciones.

“Frecuentemente me pregunto cuántos pedófilos terminaron en escuelas de indios americanos. El padre Pohlen no solo era un pervertido; también contrataba lo peor de lo peor, lo que significa que nadie del personal de Tekakwitha nos iba a proteger de los otros. ¿Cómo los hallaba? ¿Hay alguien en la iglesia a quien puedes llamar para solicitar sacerdotes y monjas canallas? ¿Había un plan doble de perjudicar a los indios americanos y a la vez cuidar a los pedófilos? ¿Era eso genocidio? Es muy confuso, pero también es puro mal.

“Cuando demolieron el orfanato en 2010 (debido a asuntos del Acta de Protección al Medioambiente), mis familiares y yo fuimos a ver. De repente, durante la demolición, vimos tres águilas que volaban en círculos por encima, elevándose y descendiendo repetidas veces por unos 45 minutos. Habían venido a llevarse a casa a los espíritus de los niños. Era impresionante.

“Yo he puesto pleito a la iglesia por el abuso conmigo, pro debido al cáncer mío voy a morir con eso en mi mente, mucho antes de cualquier oportunidad de recibir justicia. Las personas que más respetábamos de niños nos fallaron. Los servidores de Dios obstaculizaron nuestras potencialidades y nos robaron el espíritu. Pero lo rescataremos. Al contar nuestra historia estamos abriendo una puerta y no la dejaremos cerrar hasta que no hayamos terminado con ellos. Ningún monto de compensación puede curarnos o absolverlos, pero queremos tener nuestra ocasión en la corte. Queremos que el público escuche lo que le estaba sucediendo a muchos niños indios americanos en este país mientras los que no eran indios vivían en paz en sus ciudades y pueblos y en sus granjas. Hay millones que no saben lo que pasamos y necesitan una pronta lección de historia. Será una dura, pero es un hecho.”

Mary Jane Grotto

Mary Jane Drum Grotto, de soltera Wanna, una consejera jubilada del departamento correccional de Minnesota, junto a las ruinas de una capilla a la Virgen María en Takakwitha. Drum recuerda que de niñas, ella y Mary-Catherine Renville se sentaban junto a la capilla y utilizaban agujas de pino para coser pequeños vestidos de hojas. Mirando en retrospectiva, Renville llama a esos interludios como las cosas instintivas que una persona hace para aliviarse de una situación horrorosa, para hacer que la vida parezca normal y benigna.

En 1946, cuando ella tenía solo tres meses de edad, Mary-Catherine Renville, ahora de 65 años, de los Sisseton Wahpeton Oyate, fue llevada por su madre por razones que permanecen no esclarecidas y puesta en el orfanato de Tekakwitha. Después de de Tekakwitha, donde estuvo hasta la secundaria básica, la enviaron a un internado en Nebraska.

He aquí la historia de Renville:

“Todo lo que recuerdo de mis primeros años en Tekakwitha es que pasaba hambre y un castigo que consistía en dejarte en un sitio oscuro para gatear. Cuando tenía 6 años, me trasladaron del Hogar de los Niños Indios que era para bebés hacia el edificio principal para que empezara la escuela. Las monjas de allí nos llevaban a sus habitaciones privadas y hacían cosas con nuestros cuerpos que aun a esa temprana edad  yo sabía que no eran correctas.

“El siguiente año, un adolescente me violó. Dijo que si hablaba, traería otros muchachos y todos ellos me forzarían. Estaba tan asustada que nunca dije nada.

“Cuando tuve 8 o 9 años, el padre Pohlen me colocó con una familia de Michigan. Entendí que era una prueba para que ellos me adoptaran. Tengo el recuerdo de que me enviaran a comprar vaselina, luego al regresar a la habitación encontraba a los muchachos y hombres de la familia esperándome. Esto duró todo un verano.

“No sabía a quien acudir o contarle. El padre Pohlen me había puesto con la familia, de modo que no podía confiarme de él y las monjas eran muy frías –no se preocupaban de nuestros sentimientos y no nos mostraban afecto. Ellas querían nuestras almas y nos enseñaban el temor a Dios. A veces nos azotaban, nos sujetaban con la mano izquierda mientras usaban la derecha para golpearnos con una manguera de goma. Ninguno de los adultos en mi vida notaron alguna vez nada sobre mí: si había sufrido lesiones debido a las violaciones o maltratos o si tenía miedo.

“Cuando tuve cerca de 10 años, el padre Pohlen me colocó con un dentista de habla hispana, que quería enseñarme a hablar su idioma de manera que yo pudiera hablarlo una vez que él y su esposa me adoptaran y me llevaran a su país. En su lugar, me violó y me dijo que quería continuar su “asunto” conmigo, aunque no debía contárselo a su esposa. Después de varias semanas, me devolvieron al orfanato. De nuevo, nunca le dije nada al padre Pohlen o a las monjas que no fuera que no quería aprender el español ni vivir con ese hombre. Había aprendido que para protegerme no diva hablar mucho.

“Tuvimos buenos tiempos. Para Navidad, cada una recibía una caja de zapatos llena de frutos secos y caramelos y naranjas y otra caja con baratijas y una muñeca. La mayoría de las niñas cambiábamos las muñecas por comida. Lo hacíamos porque la Madre Superiora solía obligarnos a simular al acto sexual con un gran muñeco antes de abusar de nosotras, de modo que temíamos a los muñecos. ¿Puedes imaginar que metan el miedo a los muñecos en la mente de un niño?

“El internado de Nebraska adonde hice el preuniversitario nos sometió a una violencia física similar, aunque no al abuso sexual. Todos nosotros continuamente intentábamos escapar. No estábamos tratando de llegar a la casa, porque no sabíamos dónde quedaba eso. Estábamos completamente desorientados. Simplemente nos íbamos y aprovechábamos nuestras oportunidades en el mundo, haciendo autostop en la carretera. Luego nos encontraban y nos llevaban de vuelta.

“De adulta, he sido una viajera. He vivido en 14 estados, generalmente trabajando de camarera, porque es un empleo que puedes conseguir pronto. Sin embargo, siempre he seguido adelante. Pienso que estaba buscando una familia. Finalmente tuve tres hijos que me quitaron o los cedí. No sé dónde están mis niños, aunque me mantengo en contacto con mi niña. Ahora, estoy de regreso viviendo en mi reserva, que a veces siento como un país extranjero, aunque me relaciono con la mitad de la gente de aquí.

“Lo que quiero hacer es hablar sobre Tekakwitha. Nos quitaron nuestro sentido de pertenecer a alguien, nuestras oportunidades de desarrollar relaciones. Nos mantuvieron desequilibrados al enviarnos aquí y allá sin advertirnos. Pero nunca pudieron quitarnos la verdad: que lo que estaban haciendo estaba mal. Quiero que todos sepan lo que nos sucedió allí a nosotros.”

Edificio San Paul, Marty, Dakota del Sur.

Uno de los varios edificios con los postigos cerrados de la Misión India de San Paul, Dakota del Sur, hogar de los yankton siux. “Ahora la misión parece una prisión abandonada, justo en el medio de la ciudad”, dijo Sherwyn Zephier, un miembro de la tribu y ex-alumno.

Mientras Sherwyn Zephier, de 54 años, conduce hasta su empleo en el Colegio de la Comunidad de Ihanktonwan, en Marty, Dakota del Sur, donde es el director de educación de adultos y enseña matemática, ciencias, inglés, historia del arte y otras materias, deja atrás los edificios abandonados de lo que fue la Misión India de San Paul. Durante los años de 1960 y 1970, era estudiante de la escuela dirigida por los católicos, donde a los niños se les exigía que se internaran durante los nueve meses del año escolar, incluso cuando muchos, como Zephier, eran de la comunidad vecina, la tribu yankton siux.

He aquí la historia de Zephier:

“Las llaves de los curas y las monjas tintineaban mientras caminaban, por eso sabíamos cuando se acercaban. Todos en el dormitorio se callaban porque nunca sabías lo que harían. Algunas veces traían alumnos de secundaria o más curas y hermanos para sujetar nuestros brazos y piernas contra un poste metálico en el centro de la habitación. Entonces nos golpeaban con correas o tablas que tenían agarraderas, que llamaban “la tabla de la educación”.

“Había también habituales azotes al mediodía. Un día, mi hermano mayor, Loren, ocasionó un alboroto al mediodía así que esa vez los pequeños escaparon del azote. Debido a que nos duchábamos juntos en un gran cuarto de baño, podíamos ver que muchos de nosotros teníamos magulladuras negras, azules y violetas. Las golpizas eran tan frecuentes que nos adaptamos al dolor y nos acostumbramos a vivir de esa forma.

“Las monjas eran tan despiadadas como los curas, bestias de verdad. Recuerdo que me capturaron en las alambradas de púa en lo alto alrededor del patio de juego de los niños.  Había visto a Loren pasar y había intentado saltar la cerca para acercarme a él. Una vez que las monjas me destrabaron, me dieron una buena tunda. De noche, simulaban que nos habían dejado solos, entonces se paraban en las oscuras esquinas del dormitorio, espeluznantes con sus vestiduras encapuchadas.

“La escuela era en esencia una prisión, con todas las puertas bajo llave y un control total sobre los niños. Nos movíamos en grupos vigilados de un lugar seguro a otro: para almorzar, jugar, ir a la iglesia, al dormitorio, etcétera. Incluso si conseguías salir de uno de los cuartos del dormitorio o del aula, no podías huir lejos porque al final de cada pasillo había una puerta del piso al techo con cerrojo. Las ventanas estaban cerradas con barrotes o rejillas de eslabones y el recinto escolar estaba cercado por alambradas de púas por todas partes, a lo largo de las aceras e inclusive alrededor de la iglesia.

“Como éramos niños no sabíamos que su política era des-indigenizarnos. Solo sabíamos que disfrutábamos de la compañía los unos de los otros y realizábamos juegos tales como ´migs´ o a las canicas, que incluían frases en nuestros idiomas. Otro estudiante inevitablemente iba y le contaba a la hermana y yo conseguía una paliza. En ese tiempo, nunca me explicaban cuál era mi infracción. Solo recientemente, la realidad me golpeó duramente: se debía a que hablaba mi lengua frecuentemente con mis compañeros de juegos. De repente comprendí por qué aquellos soplones, comúnmente de familias más asimiladas,  iban con el cuento y a mí me castigaban con tanta frecuencia.

“Otro aspecto de la asimilación era quitarnos las camisas de cintas y otras ropas que reflejaran nuestra cultura. Cada año, yo esperaba para vestirme con ropas que mi madre pasaba casi el verano cosiéndolas para que me mostrara orgulloso y vistoso en la escuela. Sin embargo una vez que llegaba allí, me requisaban esas prendas y tenía que vestir con ropas de colores apagados y que incluso no eran mías.

“Los abusadores de niños iban y venían, ya que la iglesia los hacía rotar por las misiones indias. Nosotros los niños nos apoyábamos unos a otros tanto como podíamos, pero para un niño era un lugar perturbador y enfermizo para estar. Me he preguntado reiteradamente, ¿adónde aprendieron las monjas y los curas esas cosas?

“Mi grupo, el de 1975, fue el ultimo en graduarse de la Misión India de San Paul, la cual pasó entonces bajo control indígena y se convirtió en la Escuela India Marty. En nuestra apertura, a un hechicero, Pete Catches, se le permitió por primera vez llenar su pipa sagrada en el altar y rezar con nosotros.

“Hay belleza en nuestras formas tradicionales. Hay honor, honestidad, no hay mentiras, ni enjuiciamientos, ni exageraciones. Es la verdadera experiencia de la vida. No hay interpretación de las palabras de otro y ningún otro interpreta tu experiencia. Nadie puede decirte lo que es bueno o malo. Es ahí donde la iglesia confundió a muchos de nuestro pueblo, condicionándolos a pensar que la forma tradicional de rezar era maligna, la forma del demonio. Y si tú no les creías, te golpeaban.

“Después que presenté mi demanda contra la iglesia –con la bendición de mi más adorado partidario y héroe, mi padre – empecé a hablar de mi experiencia con hermanas, hermanos y primos que también habían asistido a San Pablo. Fue un alivio sentarme con ellos, a compartir y llorar. Sabíamos que lo que habíamos vivido era incomprensible para otros.”

Los fondos para esta historia fueron suministrados pro el Programa George Polo para el Reportaje Investigativo.

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