September/October 2014

 

Meridian  Seminar

A recent seminar on my 1976 novel, Meridian , arranged by Robert Cohen, author of the much anticipated and highly praised Freedom’s Orator: Mario Savio, and the Radical Movements of the 1960s, gave me the opportunity to look back at that book, as I had not done, possibly, ever.  In speaking with the alertly interested young UC students around me, I was reminded of what I had wanted, all those years ago, to show: that the “meaning” of the Civil Rights Movement in that novel, was, above all, that it was a training ground for the recognition and use, to our own benefit, of our collective compassion and love; and, as well, a preparation for the full and free future use of our individual and/ or collective voice.  That the political structure of the US, comprised then as now of almost identical parties, both unfair where race was concerned in the Sixties – when one risked being murdered for attempting to vote – and as it exists now – when one’s right to vote as a black or poor person can be denied on the basis of almost anything dreamed up – is patently absurd.  Which is why there has been an ongoing, seemingly endless sense of futility among those who deeply ponder such things.

I pointed out places in the novel where this idea is obvious:  Meridian Hill, the protagonist, faces down a tank (in Jackson, Mississippi the tank used against black non-violent protesters was named for the Mayor, whose last name was Thompson:  hence, Thompson’s tank) in order to take black school children to see a mummified white woman whose husband prostitutes her body, by showing it off for money, in the small towns of the South.  Children of color are allowed to see this spectacle only on Thursday, the day set aside for Colored.  Meridian takes them to see the mummy on a Tuesday, risking arrest.  They discover the “mummy” is a fake. What is Meridian teaching?  Not that we all have the same right to go anywhere, regardless of skin tone, but that once there we can see for ourselves it isn’t worth the trouble.

Or, when, toward the end of the novel, a woman old enough to have forgotten sex is convinced by her equally ancient sister that she was impregnated by an old man passing by who perhaps put his hand on her neck.  Meridian, intuiting the dynamics of the rivalry between the sisters, helps the old woman push her colossal bed of sin out of her house and set it on fire.  Then she asks her if she’ll risk what life she has left to come to the courthouse and register to vote.  The vote is as delusional as the pregnancy, so what is happening?

Love, compassion, solidarity with our people in all forms of craziness.

Early in the book an old black man who has been pushing a broom one feels for generations, sums up the black experience with the political structure of America:  “I seen rights come and I seen’em go.”  Meridian, the novel, is about acknowledging this more than three centuries of shifting sand, saying enough!, freeing ourselves of our delusions, addictions, illnesses of whatever sort, and moving on to join the rest of an awakening world.

 

Seminario sobre Meridiana

Un reciente seminario sobre mi novela de 1976, Meridiana , organizado por Robert Cohen, autor del muy esperado y altamente elogiado libro El orador de la libertad: Mario Flavio y los movimientos radicales de los 1960 , me dio la oportunidad de volver la mirada a ese libro, tal vez como no lo había hecho, posiblemente, nunca antes. Mientras conversaba con los vivamente interesados jóvenes estudiantes de la Universidad de California a mi alrededor, me recordaron de lo que había querido mostrar todos esos años atrás: que el “significado” del Movimiento por los Derechos Civiles en esa novela fue, sobre todo, que este resultó un campo de entrenamiento para el reconocimiento y el uso, para nuestro propio beneficio, de nuestros compasión y amor colectivos, así como una preparación para el total y libre uso futuro de nuestras voces individuales y/o colectivas. Que la estructura política de los Estados Unidos, compuesta entonces como ahora por casi idénticos partidos, ambos injustos en lo concerniente a la raza en los 60 (cuando uno podía arriesgarse a ser asesinado por tratar de votar) y tal y como la que existe ahora (cuando el derecho de uno a votar como persona negra o pobre puede ser negado sobre la base de prácticamente cualquier cosa que se pueda soñar) es evidentemente absurda. Es por ello que ha habido un creciente, y al parecer, inacabable sentido de inutilidad entre aquellos que reflexionan profundamente sobre estos asuntos.

Destaqué lugares en la novela donde esta idea resulta obvia: Meridiana Hill, la protagonista, se enfrenta a un tanque (en Jackson, Mississippi, el tanque que se empleaba contra los manifestantes negros llevaba el nombre del alcalde, cuyo apellido era Thompson: el tanque Thompson) con el objetivo de llevar a los niños negros escolares a ver una mujer blanca momificada cuyo esposo prostituye su cuerpo al mostrarlo por dinero por los pequeños pueblos del Sur. A los niños negros solo se les permite ver este espectáculo los jueves, el día designado para los de color. Meridiana los lleva a ver la momia un martes, arriesgándose a ser arrestada. Ellos descubren que la momia es una falsificación. ¿Qué les está enseñando Meridiana? No que todos tenemos el mismo derecho de ir a cualquier parte independientemente del color de la piel, sino que una vez allí nos percatamos de que no vale la pena la complicación.

También cuando, hacia el final de la novela, una mujer lo suficientemente vieja como para haber olvidado el sexo queda convencida por su igualmente vieja hermana de que ha quedado fecundada por un viejo que pasaba cerca quien, tal vez, le puso su mano sobre el cuello. Meridiana, adivinando la intensidad de la rivalidad entre las hermanas, ayuda a la vieja a sacar la cama del pecado fuera de la casa y pegarle fuego. Luego le pregunta si arriesgaría lo que sea que le quede de vida por venir al juzgado e inscribirse para votar. El voto es tan ilusorio como la preñez, de modo que ¿qué sucede?

El amor, la compasión, la solidaridad con nuestra gente en todas las formas de locura.

Hacia los inicios del libro un viejo negro que ha estado empujando una escoba, le parece a uno que por generaciones, resume la experiencia de los negros con la estructura política de los Estados Unidos: “He visto los derechos venir y los he visto irse”. Meridiana, la novela, trata sobre el reconocimiento de estos más de tres siglos de arenas movedizas, diciendo “¡No!” Liberándonos de nuestras ilusiones, adicciones, dolencias de cualquier tipo y avanzando a unirnos al resto de un mundo que despierta.

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