Chimamanda Ngozi Adiche’s AMERICANAH is one of the best novels ever.  I “read” it on audio (Recorded Books) which made  it even more satisfying. The reader skillfully creates all the right languages, dialects, and accents of dozens of characters, female and male.  I was initially put off by the Nigerian/Ibo sound.  Only to discover half way through the book that hidden in the unfamiliar language were cadences I almost recognized.  Though the only carry-over for sure from a possible Ibo language to American Black Southern English (what I term “folk speech”) is not a word at all but rather an exclamation that sounds the same in Georgia today as it sounded, presumably, hundreds of years ago in our ancestors’ Africa:  the exclamation “aunh-ahahn!”  Not to get stuck on this thought, but it did occur to me that everything was stolen from African captives in America, including their languages, but a sound that was actually not a word but an expression between words, or after words, was not.  Which is perhaps how music, too, crossed the waters. 

 

A reviewer has called AMERICANAH “dazzling, witty, and stylish,” and that’s true, it is all of that.  And more.  It is one of those books we long for but doubt we’ll live to see: a book by an African woman who has the tools to dismantle the myth of the West wherever she encounters it.  Someone who is not seduced, finally, by America, and, in fact, in the novel the deeply self- possessed (much of the time) heroine, Ifemelu, decides to go home.  And realizes, the moment she steps off the plane in a chaotic but what the hell it’s home, Lagos, that she is no longer, as Americans understand, or misunderstand, these things, “black.”  That when you are in your own country, regardless of how crazy it may be (and I have always been afraid  to visit Nigeria) you are no longer a color but a person. 

I have written before that I consider certain books lifeboats.  When times are harsh and the river exceedingly scary and rough, I will hop into a novel, paddle away, and only come back for lunch.  AMERICANAH helped me through the shock and grief of the initial days of the sadistic Israeli bombing of Gaza; it carried me through some of the rapids of losing Michael Brown, whose cold blooded murder by a Missouri policeman banged my psyche against all the rocks black people in the USA have encountered since the barbaric murder, also by the soul impaired, of Emmett Till.  It became the calming campfire by the river in the night, after the weeping over lost canoes.

 

It is a wonderful book. (Apparently we Americans overuse this word, “wonderful,” but I like it). Also, it is a love story, with both tender and unflinchingly honest explorations of the love state.  “Don’t move,” our heroine says to her lover as they’re making love, finally, after an estrangement of many years.  “If you move, I’ll kill you.”  This made me laugh, partly because it is so unabashedly womanist, but also because I agree it is only when engaged in making the most erotic, passionate and reciprocal love, with someone who is willing to be slain by emotion, that you should ever threaten to kill them.  This encounter in AMERICANAH between African lovers who’ve adored each other since college, lends new savor to the French notion of orgasm as “la petite mort,” or “little death.”  Indeed, this encounter restores consciousness of a basic and playful daring inherent in lovemaking itself.  It is an adventure between equals, at its best. Because this is so, we feel certain these love warriors must, in this moment, exist not only in complete erotic arousal, but also in absolute trust.

I know what great books can do for the soul.  No matter how much pain it is in.  Even if we learn things about ourselves we might wish not to know, it is worth the effort to engage uncompromising art.  It is the mirror that refuses to lie; we might therefore begin to truly see, recognize, and affirm a true self.  (For instance no African or African American art worthy of the name will avoid the tragic African and African American obsession with “controlling” our hair, often to the extent of completely missing enjoyment of the magical expression of nature we wear on our heads.  To  our benefit, if we wish to be truly free, AMERICANAH offers some useful, often wry,  insights in this area.) 

Recommended: 
What Will My Mother Say, by Dympna Ugwu Oju. I consider this book foundational in the study of African and Nigerian literature.

 

AMERICANAH

Traducio por Manuel Garcia Verdecia 

Americanah, de Chimamanda Ngozi Adiche, es una de las mejores novelas de todos los tiempos. La “leí” en audio (libros grabados) lo cual la hizo más placentera. Hábilmente el lector recrea con acierto todos los lenguajes, dialectos y acentos de docenas de personajes, tanto masculinos como femeninos. Al inicio me sentí desanimada por el sonido del igbo/nigeriano. Solo a mediados del libro descubrí que, ocultas en la lengua extraña, había cadencias que casi podía reconocer. Aunque el único remanente posible, con toda seguridad,  de la lengua igbo al inglés negro del sur americano (lo que llamo “habla popular”) no es para nada una palabra sino más bien una exclamación que suena en la Georgia de hoy como sonaba, posiblemente, cientos de años atrás en el África de nuestros ancestros: la exclamación “¡aunh-ahahn!” Para no quedar atrapada en este pensamiento, se me ocurrió que todo se lo robaron a los cautivos africanos en América, incluyendo sus lenguas. Sin embargo, un sonido que no era realmente una palabra, sino una expresión entre palabras o después de las palabras, no fue robado, que es como quizás la música, también, cruzó las aguas.

Un reseñador ha descrito Americanah como “deslumbrante, aguda y con estilo” y es verdad, es todo eso. Y más. Es uno de esos libros que anhelamos pero dudamos que viviremos para verlo. Un libro de una mujer africana que posee todas las herramientas para desmantelar el mito del Occidente dondequiera que lo encuentre. Alguien que no se halla, al fin, seducida por América y, de hecho, en la novela la profundamente autoposeída (la mayor parte del tiempo) heroína, Ifemelu, decide irse a casa. Y descubre, en el momento que abandona el avión en una caótica (pero qué diablos, es el hogar) Lagos que ya no es más, tal y como entienden o malentienden estas cosas los americanos, “negra”. Que cuando tú estás en tu país, independientemente de lo loco que pueda ser (y yo siempre he sentido miedo de visitar Nigeria), ya no eres más un color sino una persona.

He escrito con anterioridad que considero ciertos libros como botes salvavidas. Cuando los tiempos son duros y el río excesivamente intimidante y revuelto, salto dentro de una novela, remo alejándome y solo regreso para el almuerzo. Americanah me ayudó a atravesar el impacto y el pesar de los días iniciales de los sádicos bombardeos de Israel a Gaza. Me llevó por entre algunos de los rápidos de perder a Michael Brown, cuyo asesinato a sangre fría a manos de un policía de Missouri golpeó mi psiquis contra todas las piedras que la gente negra en los Estados Unidos ha enfrentado desde el bárbaro crimen, también por el alma dañada, de Emmet Till. Se convirtió en la tranquilizante hoguera junto al río en la noche, tras el llanto por las canoas perdidas.

Es un libro maravilloso (al parecer nosotros los americanos usamos en exceso la palabra “maravilloso”, pero me gusta). También es una historia de amor, con ternura y a la vez exploraciones indestructiblemente honestas sobre la condición del amor. “No te muevas”, dice la heroína a su amante mientras hacen el amor, por fin, tras un distanciamiento de años. “Si te mueves te mato”. Esto me hizo reír, en parte porque resulta desembarazadamente muy propio de mujer, pero también porque estoy de acuerdo en que solo cuando estamos enfrascados en realizar el más erótico, apasionado y recíproco amor con alguien que está deseando ser muerto por la emoción, que tú debes entonces amenazar con matarlo. Este encuentro en Americanah entre amantes africanos que se han adorado desde la universidad, le añade un nuevo sabor a la noción francesa del orgasmo como “la petite mort” (la pequeña muerte). En verdad, este encuentro restablece la conciencia de una temeridad básica y juguetona inherente en el acto mismo de hacer el amor. Es una aventura entre iguales, cuando menos. Ya que es así, estamos seguros de que estos guerreros del amor deben, en este momento, vivir no solo en una completa exaltación erótica, sino en absoluta confianza.

Sé lo que los grandes libros pueden hacer por el alma. Independientemente de todo el dolor que pueda haber en ella. Incluso si aprendemos cosas sobre nosotros mismos que no desearíamos saber, vale la pena el esfuerzo de involucrarse en el arte exigente. Es el espejo que rechaza mentir. Podemos por tanto empezar realmente a ver, reconocer y afirmar un ser verdadero. (Por ejemplo ningún arte africano o afroamericano digno de ese nombre eliminará la trágica obsesión africana o afroamericana de “dominar” nuestro pelo, frecuentemente hasta el grado de perder completamente el disfrute de la expresión mágica de la naturaleza que llevamos en nuestras cabezas.) Para beneficio nuestro, si deseamos ser verdaderamente libres, Americanah nos ofrece algunas particularidades útiles, frecuentemente irónicas, en esta área.

 

 

Recomendación:

What Will My Mother Say (Qué va a decir madre), de Dympa Ugwu Oju. Considero este libro fundamental en el estudio de la literatura Africana y Nigeriana.

 

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